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La aventura milanesa y el hígado a la plancha

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La aventura milanesa y el hígado a la plancha

Allí, en mitad de la famosa Piazza del Duomo de Milán plantó sus maletas repletas de entusiasmo y afán conquistador. Había sido becada como una de las mejores alumnas de su promoción para continuar sus estudios de moda en el mismísimo Istituto Europeo di Desing, pero pronto descubriría que aquello de jugar con brillos y matices, formas y texturas extremas  poco valía en las clases del profesor Andrea Incontri. “Tenéis que expresar vuestra propia creatividad, pero lo que se trata es de vender”, les repetía a aquellas futuras promesas de la moda en un idioma que ella alcanzaba a chapurrear.

Empezaría pues desde abajo, de nuevo, empuñando aguja e hilo hasta conseguir crear un estilo estético e innovador que despuntara. Sabía que no iba a ser fácil, pero había llegado hasta ahí y por nada del mundo iba a desaprovechar su oportunidad. Siempre fue una mujer pertinaz e inquieta.  Sus padres vieron cómo su hija entraba en el oficio. Le solían observar ocupada en el viejo taller de casa, donde pasaba horas y horas entre paños, telas, cinta métrica, tijeras y figurines; un lugar caótico, un hervidero de nuevas ideas.

Así que se calzó sus botas de cuero negras y recorrió las calles de aquella ciudad dejándose envolver por su mágica atmósfera, las extraordinarias creaciones de los mejores diseñadores de moda; la elegancia de los talleres, anticuarios y los escaparates donde relucían joyas de Armani, Prada o Gucci, auténticos lugares de culto para cualquier amante de la moda.

De pronto le entró hambre. ¡Vaya! Se había dejado el diccionario de español-italiano en casa y su conocimiento del idioma era tan limitado que apenas conseguía hacerse entender. Una vez más, tenía que intentarlo.

Se acercó a una carnicería donde conversaban de forma ruidosa tres mujeres de mediana edad. La vitrina estaba llena de carne, roja y blanca. Espaldera, muslos, costillas, paletilla, lomo… Pero ella quería hígado. ¡Hígado! ¿Cómo se haría entender?

Su primera inmersión lingüística resultó un desastre. Mientras ella gesticulaba con empeño y hacía señas de forma repetitiva, la mujer no hacía más que entrar y salir de la cámara frigorífica con bandejas de carne, pero el hígado no salía. Después de agotar todos los recursos y en un intento desesperado, se le ocurrió relacionarlo con el alcohol y…Prego! Fegato! La ragazza vuole fegato!

Le preparó el paquete, fueron 3 euros, y cuando le devolvió el cambio le confesó:

-“Chica, tú llegarás muy lejos”-.

La frase de aquella mujer se le quedaría grabada para siempre.

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